Depósito lleno. Maletas preparadas. ¡Ojo, no todo cabe! Hay que llevar lo imprescindible. Sólo son cuatro noches, cinco días. El maletero no da más de sí. Bien. Malos rollos, fuera. Ganas de compartir, dentro. Cansancio, desidia, pereza..., fuera. Capacidad de escucha, apertura de corazón..., dentro. Todos al coche, que el viaje va a comenzar.
Ciento ochenta kilómetros de lluvia, mucho tráfico... Ya sabéis: el niño llora, la abuela fuma, el hámster tiene fiebre... Todo es cuestión de motivación. El depósito está lleno. Sólo nos queda poner el GPS en dirección Santa María de Huerta.
Tras casi dos horas de viaje, ¡oh, no! El atasco de salida de Madrid no es nada con el que hemos montado a la llegada al colegio. Juan Carlos está descargando. Ya sabéis, familia de primera categoría especial: cinco hijas, maletas... No me lo puedo creer. La hermana del Sagrado Corazón se pone nerviosa. La entrada es pequeña. Tengo que plegar las "orejitas" del coche para no rozar las puertas. En fin, el número de la cabra. Finalmente, Juan Carlos se mueve y yo aprovecho para decir a mi pasaje (tres señoras de más de 75 años, mi hijo y mi mujer) que desalojen y que, si pueden, se lleven las maletas. Todo en orden. Tras ciertas maniobras orquestales en la oscuridad, consigo atravesar los umbrales, no de Jerusalén, sino del colegio de las hermanas del Sagrado Corazón de Jesús (en Vos confío).

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